TODO
LO ESENCIAL
ES UN GESTO
INVISIBLE

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Texto y curaduría
a cargo de  Sergio Rafael Huerta Mateos*

Si recorremos el vasto espacio que comprende la estética contemporánea, de inmediato nos asalta una interrogante que despierta a nuestros sentidos, una especie de llamado a despertar y desentumir siglos de ideas que no cesan de invitarnos a conocernos a nosotros mismos; como seres adormecidos, deseamos despertar la esencia de la libertad más aciaga.

En tiempos antiguos, las máscaras de cualquier participante a rituales, que podían cambiar el destino de una comunidad determinada, fungían como intermediarios entre la buena aventuranza o el castigo más devastador a un determinado grupo.

De la danza, del frenesí, de la correcta interpretación de las estaciones naturales y agrícolas, de las constelaciones siderales, del chamán, dependía el destino y futuro alimenticio de toda una comunidad.

De ahí que los rituales fueran tan importantes en la antigüedad.

En algunas obras de artistas contemporáneos podemos observar el rastro de estas prácticas antiguas y profanas, que a la luz de nuestra concepción racional, las interpretamos como esotéricas y paganas.

Ecos profundos de una interpretación de la naturaleza que, cíclica, era la constante que permitía a agricultores y observadores de los enigmas siderales, encontrar los patrones de una trama natural y sobrenaturalmente divina.

<<La naturaleza ama ocultarse

tras las regularidades siderales y estacionales>>

La Máscara como arte-facto y dispositivo de acercamiento o intermediación divina para un beneficio o reparación comunitaria, sirve en el arte como símbolo de poder, de enigma y de ocultamientos de un favor divino sobre los designios naturales, de una regularidad que en nuestros días parece distante e incongruente.

<<La naturaleza es un misterio>>

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Ixrael Montes, Fandango, grabado en metal

La tragedia humana consiste en no entender que las culturas primitivas son para nosotros máscaras-mujeres-hombres-mito, portadoras de un adagio mayor; el hombre y la mujer sin el mito y el enigma se vuelven opacos.

<<Cómo matamos a una cultura o a un dios:

olvidándolos>>

Héroes de las mil máscaras, que ungen su dolor en medio de hazañas sobrehumanas.

Susan Buck-Morss**, en su célebre ensayo titulado Estética y anestésica, refiere que es en la modernidad cuando surge un cambio de paradigma en torno al concepto sobre la estética; o mejor dicho, una inversión de percepciones, ya que antiguamente este concepto estaba enfocado a la realidad sensible y a todo el aparato sensorial de nuestro cuerpo individual, pero la inversión se apela desde el concepto mismo de estética, donde: “el significado original de la palabra estética (aesthesis o aisthesis), ya que es precisamente a este origen al que, a través de la revolución iniciada por Benjamin, nos dirigimos de vuelta (Aisthitikos), es la palabra griega para designar aquello que es perceptible a través de la sensación”. Aisthisis es la experiencia sensorial de la percepción. El ámbito original para lo estético no es el arte, sino la realidad -una realidad de naturaleza corporal, material-. Como afirma Terry Eagleton: “La estética nace como discurso del cuerpo”.

Ahora vivimos una inversión en donde se apela a una estética alejada del mundo, de la naturaleza, la cual se centra en un nuevo ser humano que pasó en algunas latitudes por una revolución industrial. En esta nueva era, la estética es entendida como un bloqueo de la realidad, donde el cuerpo social, o cuerpo virtual, tiene una relación con la ausencia de un componente esencial, llamado dolor, mismo que constituye el motor para que en cualquier rito de transición, se entendiera el cambio de posición fisiológica, comunitario y cultural como un paso de edad, donde el infante era forzado a abandonar su vida de niño/a, a morir en su personalidad y psique infantil para retornar en la figura de un adulto responsable. Era una transformación por la que todos tenían que pasar. Vivimos la infancia por lo menos  catorce años y para salir de ese estado psicológico de dependencia y llegar a un estado mental de autonomía, se requería de una muerte y de una resurrección simbólica.

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Alejandro Santiago, S/T, grabado en metal

Para Buck-Morss, un punto crucial es “la adicción a las drogas como característica de la modernidad. Es la contraparte y el correlato del choque o el shock”.

Hasta el siglo XIX, se pensaba que la realidad tenía un componente narcótico en general, ya que en los inicios de la época industrial las expectativas de una “mejor calidad de vida” estaban intrínsecamente relacionadas al bienestar económico, dando como resultado un desasosiego y una cruda realidad para las clases más desprotegidas de ese sueño histórico y económico.

 

Los sentidos tienen dos características pre-modernamente hablando: por un lado el adormecimiento y el entumecimiento a factores externos que, al ser activados por una vida cada vez más urbana, van reaccionando a estímulos anteriormente vividos por fenómenos de guerras; por otro lado, nociones de independencia social, políticas, económicas,  culturales y/o raciales que se vivían en esa época. Modernamente hablando, suponen la inundación sensorial y el derrame sensitivo, debido a la sobreestimulación de los medios masivos de comunicación que hoy vivimos.

Es decir, siempre se ha tratado de asimilar la teoría estética a una teoría donde el objetivo central es la manipulación del sistema sinestésico, a través del control de los estímulos ambientales y por medio de la manipulación y transformación de la percepción.

El arte entonces sería, desde la época moderna, una fantasmagoría, es decir una especie de estética de la superficie que implica un mundo de mercancías y un mundo de utilidades a manera de entretenimiento. Ya Guy Debord, filósofo francés, nos habló de “la sociedad del espectáculo”, la cual surge del pensamiento Situacionista de los años cincuenta; Debord, recibiría influencias del cine moderno, de los letristas europeos y de los pensamientos marxistas y anarquistas más radicales. Él sostenía que el espectáculo, más allá de ser un conjunto de imágenes, es una relación social entre personas, mediatizada por imágenes; pensaba en una práctica que llamó Deriva, la cual consistía en vagar y dejarse llevar, trazando recorridos psicogeográficos, según las diversas experiencias urbanas y abandonando actitudes condicionadas por criterios económicos y utilitarios.

  

Podemos decir que la crítica de la modernidad nos lleva a apreciar el  fenómeno del dolor, por medio de una reflexión médica y clínica a la vez, donde los fármacos utilizados como paliativos habrían permitido crear y recrear una anestesia general de los sentidos y de las ideas que se llevarían ahora al campo de la sociedad de masas y de sus conductas en la vida diaria.

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Demián Flores, Grande hazaña con muertos, grabado en metal

Si podemos crear anestesias colectivas, sociales y conductuales, podremos influir en el control de los cuerpos individuales a través de un embotamiento, al desaparecer al ser humano crítico y anular su deseo de libertad.

Una anestesia general en donde el cirujano observa detenidamente cómo el paciente, al ser anestesiado, detiene los gritos, espasmos y llantos de dolor, permitiéndole realizar bien su trabajo.

 

Con lo anterior, mostramos el cambio de paradigma del que nos habla Susan Buck-Morss, al referir un arte que ha invertido el sentido y el valor de la percepción de la obra [de arte] a favor de una visión analítica y racional del ser humano que disecciona la vida por medio de la fría y calculadora razón instrumental.

Visión que se aleja cada vez más de la naturaleza y se aproxima paulatinamente al reino frío y autocreador del mito ilustrado y moderno de una humanidad que domina y calcula cómo estar por encima del entorno natural, acercándolo al mundo de la ciencia, del cálculo, de la racionalidad, de la lógica, de las partes y no “del todo”, de la autogénesis de su propia visión de sí misma como domadora de procesos naturales e infinitos.

Ya lo dijo el sabio filósofo Heráclito de Éfeso en la antigüedad: “La naturaleza ama ocultarse”, pero ¿ocultarse de qué?, de una percepción que en lugar de entender los procesos artísticos, poéticos, contemplativos y no invasivos de la naturaleza-ser humano, busca una versión lógica-instrumental y racional, donde nuestra especie se encuentra por encima del enigma, del mito y de la poética imaginación que nos vincula a entender que somos parte simbólica del microcosmo y el macrocosmos.

<<El hombre y la mujer se vuelven opacos
con la falta del mito y del enigma en su quehacer histórico>>
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Demián Flores, S/T, litografía

Deberíamos ser como Edipo, cerrar los ojos a lo evidente e imaginar que los ritos de transición esconden tras la máscara a sacerdotes, chamanes, chamanas, mujeres-medicina o sabios ancianos de pueblos originarios no regidos por procesos mercantiles-monetarios, que entienden que la percepción y la mente están mejor preparadas para captar los cambios transgeneracionales y naturales a través de los fenómenos comunales.

 

El símbolo del dolor es el que, en la actualidad, más queremos erradicar como partícipes de un mundo, donde el azar, el enigma o lo poético no tiene cabida para entender los cambios habituales que la ciencia no tiene a su alcance.

 

Ya lo decía el mitólogo, escritor y profesor estadounidense Joseph Campbell: ahora, los ritos de transición son los conciertos, los raves, los partidos de fútbol, donde masivamente los jóvenes asisten y consumen sustancias o drogas, que potencializan una fantasmagórica relación, en donde toda una comunidad vive y goza de un espectáculo lleno de parafernalias y luces que nos propician vivir en atmósferas saturadas de color.

 

Lo esencial es una mirada oculta a los secretos de la naturaleza de las transiciones máximas, en donde el dolor no se cubre con anestesia tecno-estética y donde los experimentos están repletos de vacío e insatisfacción.

 

En palabras de Susan Buck-Morss: “El ser humano de la modernidad cree producirse así mismo desde ex nihilo, de la nada, autogenéticamente y, a partir de eso por eso, cree que tiene un control de todo y para todos”.

 

Así pues, la mujer y el hombre actuales acceden a una purga de los sentidos no durmiéndolos o enterrándolos por medio de un shock constante y sonante  de su vida moderna y globalizada, sino a través de una nueva anestesia perceptual, de una inundación y desbordamiento de los mismos, gracias a fenómenos en donde lo colectivo y global lo acercan cada vez más a sus semejantes, con sus celulares o móviles inteligentes y espectáculos alucinantes de luz, sonido, alcohol y drogas sintéticas.

 

La fantasmagoría tecno-estética tiene como objetivo la manipulación del sistema sinestésico y nervioso a través del control de los estímulos ambientales.

 

Definitivamente, la modernidad encuentra la superación de la naturaleza  conquistando el dolor, por medio de una anestesia general, en la cual los sentidos sobreestimulados en conciertos masivos, raves o partido de fútbol o shows de entretenimiento televisivo, nos dan acceso a cambios estéticos y perceptuales, al estar conectados al bloque de una realidad individual, a través de relatos con un fin mercantil y monetario masivo.

<<El semblante es el índice de la mente>>

<<El rostro expresivo es algo tan individual como una huella digital>>

El filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein decía que su acercamiento al fenómeno del arte o estético lo había entendido desde una perspectiva prelingüística y prelógica, es decir, desde el enigma “donde accedemos a lo inexpresable” desde un punto de vista místico.

 

Por lo tanto, el que se pone una máscara para un ritual accede a una representación teatral, un rito de transición, en el que participa el chamán, el poeta, el místico, el sacerdote o el mitólogo. Tras la máscara se esconde un gesto de un dolor universal que busca ser parte de una trama, donde el enigma, el mito, el arte y la poesía cantan el nacimiento de una tragedia sin precedentes.

La máscara oculta, como la naturaleza, el gesto más arcaico de la madre y el recién nacido, quien con una bocanada inicia su peregrinaje en este mundo y que tras sublimar y entenderse a sí mismo como una entidad, asume con responsabilidad el dolor primitivo, propio e infinito, y llega a una metafísica del dolor ajeno y de donde surge una comunidad de sentido mayor.

 

Los poetas y filósofos conocidos como “románticos” (siglo XVIII) entendieron este principio de “tormenta e ímpetu”, que ahora los artistas interpretan desde una vivencia personal, desde un parir con dolor las ideas que el cuerpo vio florecer antaño en su imaginación.

 

Al observar la extensa y magnífica gráfica oaxaqueña, entendemos el refinamiento de una propuesta salpicada por muestras de ritos de dolorosas transiciones, como correlatos de partos de una creatividad mayor.

 

Sólo en México cantamos y pintamos el dolor propio y ajeno.

<<En el principio fue el caos y el dolor primordial>>

Los dioses y tótems prehispánicos eran bañados de ofrendas de sangre y de amaranto.

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César Villegas, Dioses de jade, litografía

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Sergio Rafael Huerta Mateos.

Licenciado en Filosofía por la Universidad del Claustro de Sor Juana, CDMX. Candidato a Maestro por el Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad Autónoma Benito Juárez en Educación, en  el campo de formación docente.

Escribe textos de sala para artistas plásticos de la ciudad de Oaxaca; colaboró con tres ensayos para la colección de libros 50 Artistas Contemporáneos de Oaxaca. Ha impartido charlas sobre arte urbano en las ciudades de Tijuana, Durango, Puebla y Oaxaca. En su tiempo libre, continúa realizando actividades de gestión cultural y reflexiones en torno al arte contemporáneo.

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Buck-Morss, Susan. “Estética y anestésica”. Una reconsideración del Ensayo sobre la obra de arte de Walter Benjamin. Trad. René Miranda Terrazas, 2013.

jstor.org: http://.jstor.org/stable/778700