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A veces ocurre que un mudo animal alce los ojos

y mire, sereno, a través de nosotros.

Rainer Maria Rilke

(Elegías de Duino; octava elegía)

Vuelven el ruido y el movimiento. Vamos saliendo del interregno que fue el encierro a que nos obligó la aparición de la pandemia de coronavirus en 2020. Aquella irrealidad en la que el mundo se sumergió se doblega y las preguntas que nos hicimos en su momento se van cerrando. Científicos o existenciales, de carácter social o político, los cuestionamientos que con urgencia venían a nosotros ante la pérdida sin control de vidas humanas, ceden. Hoy por hoy esas inquietudes quizá solo residan en la mente de quienes continúan batallando con el asunto: médicos e investigadores, algunos pensadores, ciertos artistas.

      Una de las razones que se dieron para explicar la aparición del coronavirus fue la indiscriminada producción de alimentos de origen animal llevada a cabo en condiciones insalubres, de hacinamiento y de crueldad. Al mismo tiempo, en numerosos escritos se documentó la manera en que la explotación extensiva de la tierra causaba desastres ecológicos, propagación de virus y bacterias, y enfermedades. Más allá de los expertos de siempre, nunca como en esos días y meses iniciales de 2020 a todos interesó saber de estos temas.

    Ahora, las demandas de la vida práctica han arrojado de nueva cuenta a las poblaciones a la calle. El tráfico y la aglomeración reiniciaron su curso, interrumpido solo por el breve tiempo, de poco más de un año, en que vivimos sin la protección de las vacunas anticovid.

     En el libro La más bella historia del hombre**, conmovedora narración sobre nuestra aparición y desenvolvimiento como especie sobre la tierra, observamos la manera en que, cual homo sapiens, hemos ido ocupando los territorios, modificándolos, acabándolos. El crecimiento demográfico y el cambio de nuestras formas de vida a lo largo de las eras han dado lugar a las megápolis actuales donde conviven millones de seres humanos. En aras de sobrevivir y avanzar en su existencia, mujeres y hombres, nuestros ancestros, han creado, durante milenios, herramientas, técnicas, saberes prácticos, y el arte.

     Hubo un momento, ubicado en sus extremos más lejanos en 30 mil años atrás, en que surgieron las primeras representaciones gráficas hechas por del hombre, en lo más profundo de cavernas como las de Lascaux, Chauvet o Altamira. ¿Qué detonó esas imágenes de trazos magníficos en las que aparecen, sobre todo, animales, y solo marginalmente algún ser antropomorfo, algún ser humano débilmente delineado?

  En Lascaux o el nacimiento del arte, George Bataille intenta desentrañar la motivación detrás de esas poderosas creaciones, concebidas en épocas tan lejanas. Su análisis lo lleva a identificar el sentimiento de lo sagrado en el hombre; su necesidad de retornar a la fuente de su ser; su deseo de recuperar el misterio del mundo natural del que se vio alejado al consumirse en el tiempo profano de la sobrevivencia interminable.   

  La máscara animal que reiteradamente ha creado el hombre para sí mismo, sería de alguna manera un intento de volver a ese diálogo con su ser primigenio, del que ha escapado a lo largo de la historia en su ascenso civilizatorio.

  En las seis piezas que componen esta selección gráfica, aun tratándose del tiempo laborioso en que vivimos, se puede hallar la vieja interrogante que indaga sobre nuestra pura y simple animalidad. Que nos ubica en un territorio biológico común, reconocible como nuestro todavía, pese a encontrarse cada vez más distante y trastocado.

UN
LUGAR
EN
LA
TIERRA

Texto y curaduría
a cargo de Araceli Mancilla Zayas*

garabatos 2
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  En Canto animal de Alberto Aragón, los gritos encontrados de dos simios, puestos uno frente al otro, producen un silencio que se refleja y nos reclama. El encierro es su ámbito. La violencia, su gesto: podría ser el de nuestro hartazgo o el de nuestra locura.

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    Muy cerca, abiertas a la melancolía, las tierras anegadas de Alberto Ibáñez nos dejan la impresión de algo arrasado. La soledad acuosa del paisaje replica lo que encubre. Nadie pasa por ahí y la distancia convoca a la despedida. La mirada se convierte en lontananza.

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  Algo similar, pero en otro sentido, ocurre con Viejitos de María Rosa Astorga. Se mira hacia arriba para alcanzar los cactus columnares, habitantes de un sitio donde, en algún momento, reinó el mar. Se trata de un lugar preservado, reserva de la biósfera. Para envejecer estos gigantes han debido estar fuera de nuestro alcance. Deberán estarlo para seguir existiendo.

  El mono que corre en primer plano hacia la luz o hacia el descampado en la pieza de Fernando Aceves Humana, parece huir de nosotros. No está solo, va acompañado. Algo se consume, estalla o se arremolina alrededor. ¿La selva se incendia? El viento o el fuego empujan. Los monos quieren ir más allá, lejos. A un lugar oculto a nuestra mirada.

  En un terreno aledaño, La umbra en el manglar de Mercedes López muestra cómo se desintegran los